Deus Charitas Est. El Sueño de un barrio, hecho realidad.

Olor a incienso, túnicas ya planchadas, papeletas y estampas preparadas y un nombre que suena en mi mente: Caridad. Caridad para el pobre, Caridad para el enfermo, Caridad para el que desde su sillita de enea te reza cuando por fin tu palio se eleva al cielo.

Todos los amores comienzan con un primer encuentro y el mío hacia ti comenzó el día que te vi por primera vez en la calle el día de tu bendición portando el manto de la Madre de todos cuantos vivimos en esta tierra. Fue entonces cuando te prometí que el primer día que salieses a las calles de nuestro pueblo el Miércoles Santo yo iría precediendo tu camino y tú con tu divina gracia quisiste que fuese diputada, me pusiste al lado a la mejor de las compañeras y nos diste cuarenta corazones azules que guiar y cuidar en ese día.

Cuando vi tu palio todo se alegró en mi corazón. Es entonces cuando supe que por fin aquel sueño se había hecho realidad. Desde bien temprano la medalla colgada al cuello, el color azul en la blusa, como bien está mandado en una mañana de Miércoles Santo, y una sonrisa nerviosa que es inevitable. El tiempo apremia y se cierran las puertas del templo, son pocos los minutos que tenemos para comer algo y ponernos la túnica. La iglesia se queda vacía y cuando ya estoy vestida me acerco a verte y a ver a tu hijo, a ese que también me enamora desde que en su besamanos lo pude ver de cerca y os pido que me ayudéis en esta tarde que tenemos por delante.

Como nexo de unión entre Él y Ella voy hablando con cada uno de los niños que van conmigo y les digo que tienen que ayudarnos, que la Virgen estará muy contenta si ellos lo están. Se abren las puertas del templo y comienzan a discurrir los primeros nazarenos, aquellos que abrirán paso al Rey de Pablo VI y poco a poco su paso enfila la puerta. Tres golpes de martillo, ¡a esta es! y el Señor ya está en la calle. Llego el momento, me pongo el antifaz y un nazareno muy especial se me acerca a darme un beso y desearme buena estación de penitencia. Un último rezo a mi Virgen de la Caridad y nos vamos para la calle.

Las primeras horas son cruciales. Mucha agua y antifaces levantados los más pequeños. Algunos de ellos tímidamente me preguntan que si les dejo que se lo pongan (quizá son los que más ilusión tienen de todos cuando conformamos la cofradía). Mi Manuel, Pablo, Iván, Aroa, Carmen, Alejandro, José Antonio, David y muchos que se me quedan en el tintero fueron unos auténticos campeones pues a pesar de lo largo que es el recorrido y el calor que hacía aguantaron como unos campeones, pues el amor y devoción que le tienen a sus titulares a pesar de su corta edad es mucho mayor que la de otros que son mayores.

Llegó la Cruz de guía a Plazuela donde tu pueblo por fin verá, Padre, que no vienes sólo, que la guapa del palio azul viene detrás de ti para recoger cuantas plegarias tengan los hijos de María. Cuando pisas a los compases de la Madrugá la plazuela todo enmudece y lo único que se observa es tu candelería encendida al mismo tiempo que mis ángeles con costal te mecen cual nana sonase para dormir a un niño pequeño.

Llega la hora de volver a casa. Por la calle Padre flores tengo unos minutos para ponerme frente a tu palio y enmudezco, solo me sale llorar de emoción. Estoy junto a ti varios minutos pero tengo que continuar mi camino con mis pequeños corazones azules, pues tú me has encomendado la tarea de llevarlos sanos y salvos a casa. Por las calles del barrio dos de las más pequeñas que llevamos nos dicen con su vocecita: “nosotras queremos ser eso que vosotras sois” y María y yo las llevamos al centro con nosotras para cumplir su sueño de ser por unos minutos las que lleven el tramo.

Como todos los sueños el nuestro también va llegando a su fin y el Señor se dispone a entrar por la puerta de San Mateo. Cuando el entra espera que impaciente por ver a su Madre llegar. Está seguro de que viene más bella que nunca y que sonríe por haber cumplido el sueño de todos cuantos queríamos verla en la calle. Suena María Santísima de la Caridad y entra. Les tenemos en casa, la tarde ha sido la más bonita y especial que jamás hemos podido vivir. Unos de mis pequeños me tira de la capa y me dice: toma, un regalo para que no te olvides de mí. Son esos pequeños detalles los que hacen que todo el esfuerzo merezca la pena.

Abrazos y besos a todos los diputados, a los acólitos, costaleros, miembros de junta… todo ha acabado, pero aunque todo haya acabado Ellos volverán a salir de nuevo a la calle, Ellos irán junto a mí guiando a la Esperanza en la noche que no duerme.

Sueñen mucho. Bajo las manos atadas del Señor y  cubiertos con el manto azul cielo de mi Virgen entrarán en un leve letargo y cuando abran los ojos un nuevo Miércoles Santo estará llamando a las puertas de sus corazones.

Ana Guerrero Jarava, Diputada de tramo de la Hermandad del Soberano Poder.

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