Un histórico Sábado Santo entre túnicas de “cal” y “crespón” .

Todo era diferente en este año, se notaba que era una Estación de Penitencia histórica y nueva para Alcalá. Al fin se estrenaban las túnicas que con mimo y delicadeza habían planchado y cosido las costureras, madres… con la ilusión de pintar a la vez que de “cal pura” de negro las calles de nuestro pueblo. Volviendo al riguroso acogimiento del interior de Santiago antes de salir, miramos todos a la Capilla, donde en estas fechas, es habitual que se encuentre María Santísima de la Trinidad, a la que todos en nuestra mente ya la hemos imaginado paseando bajo palio.

Al fin se disponía a salir la Cruz que da sello y toque a nuestra joven Hermandad, en sus tímidos ápices de brillo junto con la luz cálida del Sol, anunciaba de forma rigurosa que el Sábado Santo había llegado de nuevo a Alcalá. Con un andar tímido, empezó a avanzar y a transcurrir el cortejo, dejando ver que después, unos minutos mas tarde, entre voces dulces, al mismo Señor de la Divina Misericordia, al que tanto le debemos y pedimos durante el año en su Capilla.

Bajo el antifaz todo se ve y se palpa con la mirada, desde un niño que mira fijamente al Señor o que pide almendras a los monaguillos, como a una abuela que reza en silencio por su familia o por ella misma, todo se ve diferente, bajo ese “trozo de tela”, que sabe de tantos rezos aunque sea tremendamente nueva.

Durante la Estación de Penitencia, se pide por todos los que te vas encontrando que en su mirada, ves que lo están pasando mal o simplemente porque es conocido y sabemos que algo le inquieta, se le pide por todo lo que haya ocurrido durante el año, aunque el Señor ya lo sepa, se le pide por los enfermos y por todo lo que nos ronda en la cabeza.

Al transcurrir la Procesión por las diferentes calles de nuestra feligresía y alrededores, la tarde se va enlutando y al llegar al barrio de Nuestra Madre y Señora del Rosario, la calle Coracha, el clima es diferente, una saeta rompe el silencio de forma minuciosa, dejando ver la imponente voz del saetero que cada año el canta al Señor. Al mirar de frente desde la calle Fernán Gutiérrez, El Derribo estaba completo y lleno de personas que de forma respetuosa querían verlo y sentirlo de forma sencilla.

Todo culminó al entrar el Señor por las puertas de Santiago, cuando se cerraron y entre abrazos y lágrimas habíamos cumplido un sueño, que no era otro que revestirnos de misericordia.

Manuel Álvarez, Hermano nazareno de la Divina Misericordia.

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